El mundo, tal y como Elena lo conocía, acababa de saltar por los aires. Sus sentidos gritaban por ser acariciados, mientras la presión de la pierna de Damián entre las suyas la hacía desear rendirse, moverse contra él, abrirse a todas las oscuras y deliciosas posibilidades que su presencia prometía. Aquel hombre era... su salvador y su verdugo, todo en uno. Damián la miró a los ojos, con las pupilas dilatadas por una lujuria que rozaba la violencia, y luego se puso en pie de un solo movimiento, arrastrándola con él sin delicadeza alguna. -Se acabó el tiempo -sentenció él, recuperando su máscara de frialdad mientras recogía la maleta-. A partir de ahora, su vida me pertenece hasta que yo diga lo contrario. Camine. ¡Aquel hombre era su enemigo!
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