ORO AMARGO: IZAPA Y EL CACAO
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ORO AMARGO: IZAPA Y EL CACAO Oro Amargo: Izapa y el Cacao es una narración profundamente veraz y humana. Su autenticidad descansa sobre literatura científica arqueológica y etnobotánica, lo que le otorga rigor académico. Pero su voz va más allá de los datos: busca dar rostro y alma a los izapeños, no sólo como descubridores, sino como inventores del cacao, tanto en el ámbito agrícola como ceremonial. Este relato abre una ventana íntima hacia la labor silenciosa y valiente de los antiguos pobladores de Izapa. Con paciencia, coraje y sin guía externa, domesticaron la planta del cacao -arriesgando todo solo con su intuición de agricultores natos. Su trabajo revela una inteligencia agrícola profunda y una espiritualidad que tejieron con cada semilla sembrada. El texto de Oro Amargo invita a reflexionar sobre cómo los hechos históricos pueden ser relatados desde la exactitud científica, pero rara vez desde la humildad y tenacidad de quienes los vivieron. Los izapeños ofrecieron más que observaciones celestiales; dieron ceremonias, comunicación con lo divino, y acceso al más allá. Oro Amargo es también la historia viva de la etnia mixezoqueana, cuyo legado floreció en el fértil Soconusco, Chiapas. Izapa, su asentamiento precolombino, mostró desde sus primeros vestigios un pueblo de maiceros, pescadores e hiladores de algodón. El cacao, aún ajeno, llegó desde tierras amazónicas como un regalo lejano, domesticado por primera vez en aquella selva profunda. Izapa, heredera de saberes ancestrales, adoptó ese regalo y lo transformó. Gracias a su selva alta perennifolia, convirtió el cultivo del cacao en pieza central de su cosmovisión. Allí, surgió la alquimia: el cacao se convirtió en chocolate -una bebida reservada para la élite, símbolo del contacto con lo divino. Pero hubo algo más: los izapeños lograron vincular los ciclos agrícolas con su centro ceremonial, alineado con los volcanes Tacaná y Tajumulco. Esta localización fue clave para observar fenómenos celestes esenciales en rituales y prácticas agrícolas. Pero el Oro Amargo no lo fue sólo por su sabor, sino por su destino. Cultivarlo implicaba tributar a los mexicas, y más tarde, a los colonizadores. Beberlo sin permiso significaba la muerte. El cacao se volvió fruto sagrado: esculpido en estelas pétreas, molido en piedras que también eran sabias. De ellas nació el primer brebaje espiritual. El Oro Amargo trajo también sombras: epidemias, pérdida de tierras, desaparición de lenguas y culturas. Sin embargo, de esa oscuridad brotó luz: el renacimiento del espíritu con el 13 Baktún del calendario concebido por los izapeños. Este homenaje honra a los antiguos habitantes de Izapa, guardianes de una herencia que convirtió el cacao en chocolate y lo elevó a lo sagrado. Un elíxir que hoy sigue dominando el universo de lo divino y lo perfecto. Así, del Oro Amargo, nació el oro dulce.
ORO AMARGO: IZAPA Y EL CACAO Oro Amargo: Izapa y el Cacao es una narración profundamente veraz y humana. Su autenticidad descansa sobre literatura científica arqueológica y etnobotánica, lo que le otorga rigor académico. Pero su voz va más allá de los datos: busca dar rostro y alma a los izapeños, no sólo como descubridores, sino como inventores del cacao, tanto en el ámbito agrícola como ceremonial. Este relato abre una ventana íntima hacia la labor silenciosa y valiente de los antiguos pobladores de Izapa. Con paciencia, coraje y sin guía externa, domesticaron la planta del cacao -arriesgando todo solo con su intuición de agricultores natos. Su trabajo revela una inteligencia agrícola profunda y una espiritualidad que tejieron con cada semilla sembrada. El texto de Oro Amargo invita a reflexionar sobre cómo los hechos históricos pueden ser relatados desde la exactitud científica, pero rara vez desde la humildad y tenacidad de quienes los vivieron. Los izapeños ofrecieron más que observaciones celestiales; dieron ceremonias, comunicación con lo divino, y acceso al más allá. Oro Amargo es también la historia viva de la etnia mixezoqueana, cuyo legado floreció en el fértil Soconusco, Chiapas. Izapa, su asentamiento precolombino, mostró desde sus primeros vestigios un pueblo de maiceros, pescadores e hiladores de algodón. El cacao, aún ajeno, llegó desde tierras amazónicas como un regalo lejano, domesticado por primera vez en aquella selva profunda. Izapa, heredera de saberes ancestrales, adoptó ese regalo y lo transformó. Gracias a su selva alta perennifolia, convirtió el cultivo del cacao en pieza central de su cosmovisión. Allí, surgió la alquimia: el cacao se convirtió en chocolate -una bebida reservada para la élite, símbolo del contacto con lo divino. Pero hubo algo más: los izapeños lograron vincular los ciclos agrícolas con su centro ceremonial, alineado con los volcanes Tacaná y Tajumulco. Esta localización fue clave para observar fenómenos celestes esenciales en rituales y prácticas agrícolas. Pero el Oro Amargo no lo fue sólo por su sabor, sino por su destino. Cultivarlo implicaba tributar a los mexicas, y más tarde, a los colonizadores. Beberlo sin permiso significaba la muerte. El cacao se volvió fruto sagrado: esculpido en estelas pétreas, molido en piedras que también eran sabias. De ellas nació el primer brebaje espiritual. El Oro Amargo trajo también sombras: epidemias, pérdida de tierras, desaparición de lenguas y culturas. Sin embargo, de esa oscuridad brotó luz: el renacimiento del espíritu con el 13 Baktún del calendario concebido por los izapeños. Este homenaje honra a los antiguos habitantes de Izapa, guardianes de una herencia que convirtió el cacao en chocolate y lo elevó a lo sagrado. Un elíxir que hoy sigue dominando el universo de lo divino y lo perfecto. Así, del Oro Amargo, nació el oro dulce.
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