La distancia de mil kilómetros se cerró de golpe por el peso del mismo terror. El peligro ya no era el frío de Nueva York ni el fiscal del impuesto al aire en el barrio. El peligro era el tentáculo invisible del sistema corrupto, que no solo te destruía el país desde la televisión, sino que te cazaba a la familia cuando intentaba huir por la puerta trasera.Caleta se quedó callado un minuto entero, escuchando el llanto de su madre a través de la bocina rota y el zumbido de la distancia internacional. Se limpió una lágrima pesada con el guante térmico de delivery. Se puso el chip de acero, el chasis de hermano mayor.-Dile a la vieja que se acueste a dormir -dijo Caleta, con la voz fría, cortante como el hielo de Manhattan-. Mañana a primera hora me monto en la bicicleta. Si tengo que pedalear veinticuatro horas seguidas sin parar para pagarle la deuda al bicho ese antes de que viaje, lo voy a hacer. A mi hermana no me la toca nadie, Mandinga. Tú cuídame el frente allá adentro, que yo sostengo el peso de este lado.-Cuenta con esa, mi hermano. Aquí nos plantamos como un bloque -respondió Mandinga.La llamada se cortó. Caleta bloqueó la pantalla, se colgó la mochila térmica naranja en la espalda y abrió la puerta del sótano. La noche de Nueva York lo recibió con una ráfaga de viento helado que le pegó directo en el pecho. Miró la avenida desierta y empezó a pedalear con una fuerza ciega. El Libro 2 cerraba el chasis con la verdad más cruda de la diáspora: la lucha ya no era por el futuro, era por rescatar a los tuyos de las garras del circo.
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