El ser humano, como imagen de Dios, solo puede desarrollar su verdadero potencial celestial a través de la interpenetración armoniosa y recíproca del amor (voluntad) y la sabiduría (razón), a semejanza de la unidad divina. Del mismo modo que el matrimonio entre hombre y mujer debe dar fruto -una nueva vida-, el matrimonio interior del ser humano, entre el impulso y el entendimiento del alma, sirve para la concepción y nacimiento del nuevo ser humano; un ser celestial, inundado por el amor y la sabiduría de Dios, que eleva al alma humana del nivel animal al de ángel.
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