EPÍLOGO Muchos alcanzan la cima y saborean la gloria.La viven como si fuera eterna, como si el reconocimiento y la estabilidad fueran certezas inquebrantables. Pero también son muchos los que caen desde lo más alto hasta el abismo. Algunos lo hacen con estruendo; otros, sin hacer ruido, simplemente se desvanecen en la oscuridad. Y aquí surge la famosa pregunta del millón de dólares, queridos lectores: ¿estarías preparado para afrontar ese momento de la vida en el que todo lo que has construido con sacrificio -los sueños, el nombre, la estabilidad- comienza a desmoronarse ante tus ojos? Así fueron los días posteriores a la gloria del campeón. Don May y su esposa, Elsa, se vieron obligados a enfrentar su peor pesadilla en la intimidad de su propio hogar. En medio de aquel desgaste silencioso, Don May, hundido en el fracaso, comenzó a desaparecer poco a poco. Elsa era quien sostenía los restos de su mundo. Había días en los que las facturas se acumulaban sin permiso, el banco llamaba con insistencia y la casa se transformaba en una peligrosa mezcla de silencio y tensión. Ella hacía malabarismos con lo poco que tenía: vendía ropa, lavaba para otros, negociaba descuentos... Cualquier cosa que le permitiera ganar un día más sin terminar de caer. Su vida se había convertido en una sucesión de esfuerzos para no derrumbarse: una lucha diaria por ganar tiempo, pero no dignidad. Un día, una de sus amigas anunció que irían a visitarla. Ninguna de ellas estaba preparada para la realidad que les esperaba tras la puerta.
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