Durante siglos, hemos aprendido a mirar la ciencia y a Dios como si pertenecieran a mundos diferentes. De un lado, la razón, la evidencia, las matemáticas y las leyes que intentan explicar cómo funciona el universo; del otro, la fe, la trascendencia y aquello que parece escapar a toda medición. Pero ¿y si esa separación no estuviera en la realidad, sino en la manera en que hemos aprendido a interpretarla? Este libro propone recorrer un camino distinto. No pretende utilizar la ciencia para demostrar a Dios ni convertir la fe en una conclusión científica. Su propósito es más profundo: explorar qué ocurre cuando llevamos nuestra mirada científica hasta las fronteras de aquello que podemos comprender y descubrimos que, detrás de cada respuesta, aparecen nuevas preguntas sobre el origen, el orden, la existencia, la materia, el tiempo, la información, la vida y la conciencia. Las matemáticas revelan una estructura que podemos describir, pero que también nos obliga a preguntarnos por qué el universo puede ser comprendido. Las leyes físicas explican procesos, pero dejan abierta la cuestión de por qué existen esas leyes. La conciencia nos permite observar el universo y preguntarnos por nuestra propia existencia, mientras la ciencia continúa encontrando límites frente a aquello que todavía no puede reducir completamente. Tal vez el problema nunca fue que la ciencia nos alejara de Dios, sino que confundimos los límites de nuestro conocimiento con los límites de la realidad. Quizás, al comprender mejor el universo, no nos estamos alejando de Dios. Quizás estamos descubriendo que nunca estuvimos separados.
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