La sequía ha bajado el pantano. Y con el agua se retira también una mentira de setenta años.Después de tres veranos sin lluvia, el embalse del Pintado devuelve la espadaña de un pueblo que dejó de existir en 1956. Medio pueblo sube a fotografiarla. Una sola persona baja de noche a mirar lo que hay dentro.Marisol Cabezas, cuarenta y dos años, bióloga del programa de conservación del lince ibérico, aparece tres días después en el fondo de una dolina del Cerro del Hierro, a treinta y un kilómetros de allí. Todo indica una mala pisada, un accidente de montaña, un caso que se cierra en una semana.La teniente Adela Monsalve, de la Guardia Civil, tiene cuarenta años, dos destinos a la espalda y una duda: las moscas. Un entomólogo forense de Sevilla le demostrará que el cuerpo pasó dos días en un sitio caliente y bajo antes de llegar al alto y frío. Alguien mató a Marisol junto al agua y esperó cuarenta y ocho horas para moverla.Mientras la sierra empieza a llenarse de cebos envenenados y la investigación se orienta sola hacia un furtivo desesperado, Adela hace la única pregunta que nadie quiere: ¿y si el veneno no es el motivo, sino el decorado?Detrás hay un guarda muerto en una montería de 1996, un hombre de setenta y seis años que lleva treinta creyendo que apretó el gatillo, un expediente de expropiación de 1953 firmado por quien no debía y una lata de plomo soldada que un cura escondió donde el agua no llegara.Y hay un ganadero de encinar y colmenas, Gaspar Marín, que a Adela no le conviene nada. Sobre todo porque el apellido de su padre está a punto de aparecer en el sumario.La campana sumergida es una novela negra rural, precisa y muy humana, sobre la tierra que cambia de dueño con un papel, sobre las culpas que se heredan y sobre las dos palabras que a veces tardan treinta años en decirse: no fuiste tú.
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