Casi todo el mundo disfruta comiendo o conversando. Sin embargo, la condición de jurista por su tópica tolerancia, pensamiento crítico y sano fondo ético, incorpora un valor añadido al arte de conversar, persuadir y bromear. Si además se comparte con otros juristas un mantel con buenos manjares en un ágape fuera del hogar (congreso, homenaje, almuerzo fraterno, etcétera) se dan las condiciones para brotar una mágica atmósfera de cordialidad, complicidad y fecundidad cruzada, que convertirá la ocasión en inolvidable. Este ensayo pretende mostrar la fructífera interacción entre gastronomía y humor, cuando los juristas se sientan a la mesa. Pues somos lo que comemos, pero también somos el fruto de los ágapes en que compartimos opiniones, ingenio o vivencias.
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