En Fastalia, el poder no se toma con las manos. Se teje.Terminada la guerra, el verdadero campo de batalla es el parlamento. Las casas que ocultaron sus crímenes durante el conflicto no buscan la paz: la temen. En la sombra de la guerra prosperaron, y harían cualquier cosa por prolongarla. Varias guardan maestros capaces de leer el Aura y el Éter -de sentir una mentira antes de que llegue a los labios-. A un enemigo así no se le enfrenta. Se le obliga a delatarse solo.Ese es el arte de Aldrish, el Arquitecto. Nunca confronta de frente: acomoda las piezas para que el blanco se exponga. Mantiene la mano invisible. Escoge qué verdad se cuenta y mide el instante exacto en que debe caer. Un gesto mínimo, nada ostentoso -y la casa que lo quería enterrar se derrumba por su propio peso, sin saber jamás de quién fue la mano que la empujó.Pero a Fastalia acaba de llegar algo que ningún hilo controla: un Héroe reencarnado, despierto a un poder que no comprende y que ninguna casa puede igualar. Fuerza absoluta frente a estrategia absoluta. Solo que la fuerza, por sí sola, no sabe a quién golpear.En un mundo donde la magia se reparte en colores -Aura, Maná, Éter-, y cada color revela quién eres, el hombre sin poder aparente resulta el más peligroso de todos. Porque el Arquitecto no pelea las guerras. Las diseña.Y todo diseño tiene un precio. Cada hilo movido deja una deuda. Hay verdades que se pueden dosificar... y pérdidas que solo se miran caer una sola vez.Veinticinco años después, alguien hallará la única grieta que el Arquitecto no logró borrar. Y tirará del hilo.Primera entrega de una saga de fantasía política, intriga y magia, para lectores que prefieren la mente fría al golpe de espada.
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