Nos acomodamos en un reservado del fondo, donde la oscuridad era lo suficientemente densa como para ocultar el hecho de que el profesor todavía llevaba puesto su batín de seda y yo seguía pareciendo un busto de escayola gracias al polvo de arroz. El camarero, un hombre con una cicatriz que le atravesaba la mejilla y un chaleco que no conocía el agua desde la Expo de Sevilla, se acercó a nosotros con una bandeja que cojeaba.-¿Qué van a tomar los caballeros? -preguntó con una voz que era puro aguardiente-. Tenemos ginebra de la casa, que sirve tanto para alegrar el espíritu como para desatascar tuberías, o un combinado especial que llamamos "El Suspiro de la Vedette".-Pónganos dos de esos suspiros -respondí, tratando de recuperar el aliento- y, si es tan amable, háganos saber si hay una salida secundaria que no pase por un restaurante chino ni por una comisaría de policía
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