Cuarenta años leyendo cenizas y nunca había sembrado nada.Dantes Cruz enciende una vitola cualquiera en un bar de Santa Clara y algo en aquella capa le detiene el pulgar. La vena fina. El color imposible. Sesenta y cinco minutos de humo perfecto salidos de una mano que él no conoce y que no conocerá jamás.Esa noche no duerme.Al día siguiente pregunta por la vega y le dan un rumbo en el norte de Villa Clara, tierra colorada, un caserío que apenas sale en el mapa. Y una advertencia. El hombre que produce la mejor capa de la provincia no fuma. Nunca ha fumado. Ni uno en toda su vida.Lo que encuentra allí no es un campesino. Es un esgrimista de espada que pasó nueve años en el equipo nacional hasta que una rodilla dijo basta, y que volvió a la tierra de su padre a los veintiuno para convertir dos hectáreas en doscientas. Un hombre que firma créditos que pueden hundirlo, que sostiene a quinientas familias, y que cada noviembre vuelve a sembrar sin importar lo que el cielo se llevó.Ocho meses. Un ciclón formándose en el este. Una cosecha entera cortada a mano en la madrugada por un pueblo completo. Y una pregunta que Dantes no logra esquivar.¿Quién ha vivido mejor, el que crea sin gozar o el que goza sin crear?Una novela sobre la deuda que ningún fumador ha pagado. Sobre el Amor Fati que no se lee, se cultiva.Todo lo que arde, alguien lo sembró primero.
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