Doc despliega el bípode del fusil y se extiende sobre un manchón de verde fresco buscando el máximo contacto con la pastura. No pierde de vista a Martínez que corre destartalado, aunque lo hace con velocidad. Los primeros quince segundos son frenéticos, no cree que pueda mantener ese ritmo por mucho tiempo, ve a un loco desbocado buscando escapar de una bala marcada sobre un campo bruto del que aún se adivina un rastrojo de fina. Treinta segundos. Es veloz, no decae, lo hace con soltura y en la mira telescópica disminuye paulatinamente su tamaño. Evidentemente es un tipo que entrena. Cuarenta y cinco segundos. Continúa alejándose, siente el impulso de romper el pacto y tirar de una vez aunque se jacte de ser un hombre de palabra. Tampoco es un tiro muy deportivo. Los efectos de la estricnina van en aumento, calcula que en diez minutos, a lo sumo, Martínez va a empezar a convulsionar. No puede fallar. Sesenta segundos. No sabe si es la pólvora, si es el peligro, lo prohibido, el rececho. Quizás la soledad, la estepa salvaje, la ausencia de reglas, el poder absoluto y también la lejanía. Puede ser una pizca de cada uno. Quizás sea la amalgama perfecta de los ingredientes que por separado no tendrían el mismo efecto. A fin de cuentas, la salud mental del doctor se regenera en los viajes al sur, al carajo la psicóloga, la depresión y el colon irritable, la acidez y la hipertensión. Nada mejor que un viaje reparador a la estepa patagónica, cómplice y muda.
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